Lo que aprendimos del fracaso al emprender

Hacía varias semanas que no disfrutaba de un sábado en casa y si, os soy sincera, iba a dedicar el rato de paz en el que todos duermen a ‘perderme’ entre todos los reclamos y ofertas del Black Friday. Sin embargo, no sé por qué, he sentido la necesidad de contaros algo que todavía no os había contado, y creo que este fin de semana, con tanto bombardeo comercial, es un buen momento.

Hace poco más de tres años, mi marido y yo decidimos emprender. En ese momento todavía no había llegado ningún hijo, mi último contrato había acabado y me encontraba de nuevo ante ese abismo de no saber qué hacer con mi vida (sobre todo profesionalmente hablando). Hacía tiempo que una idea rondaba mi cabeza, un proyecto de artesanía para niños, pero me daba vértigo porque no tenía nada que ver con todo lo que había estudiado y requería hacer una inversión de material importante, así como tener que aprender a hacer cosas que jamás había hecho y formarme en campos inexplorados. Sin embargo, mi marido me apoyó incondicionalmente y en pocos meses hizo un curso intensivo de gestión administrativa para ayudarme al 100% y desarrolló desde 0 una tienda online preciosa, técnicamente perfecta pero que desgraciadamente nunca llegó a ver la luz. Pero no me voy a adelantar…

Emprender, ser autónomo en España, como muchos sabréis, no es nada, pero nada fácil. Hay muchísimos gastos a los que hacer frente (cuota de autónomos, impuestos, gestorías…) y que son muy difíciles de asumir cuando empiezas. Lo que ganas no da ni para cubrir esos gastos y tienes que tirar de ahorros para poder seguir pagando cuotas mes a mes y seguir con ese sueño que cada vez se hace más cuesta arriba.

Y os voy a hacer un spoiler: en términos económicos nuestro negocio fue un fracaso.

Pero no me voy a quedar en esta parte ‘triste’ de la historia, sino que ahora, echando la vista atrás, veo que esta experiencia nos ayudó muchísimo como familia y me ayudó a ver la mano providente de Dios. 

Este proyecto, que a mi me parecía precioso, me enseñó que soy capaz de crear cosas con mis manos, que de la nada, con unas telas y unos hilos pude hacer tangible lo que me rondaba por la cabeza durante tanto tiempo. Además, en una sociedad tan consumista, me ayudó a poner en valor el trabajo artesanal, el comercio de proximidad, las materias primas de calidad, el amor en los detalles, el esfuerzo de tantos autónomos en este país…

Me mostró de forma palpable el amor de mi marido, que cuando llegaba cansado de trabajar continuaba trabajando para ayudarme en ese proyecto, programando la web, gestionando pagos, tramitando documentos… me desenredaba todos los líos, me animaba a seguir pese a las dificultades o, simplemente, me escuchaba y limpiaba todas las lágrimas que derramé durante mi ‘aventura’ siendo autónoma (que fueron muchas).

También veo ahora con claridad la acción de Dios, que nos guió con hechos muy concretos y que ahora corroboro con esta letra de Iesu Communio que dice: Cuando Él quiere algo, es fácil e imparable, cuando no lo quiere es imposible. 

Lo que pasa es que yo me resistía a la idea de que no saliera bien, a pesar de que el Señor ponía señales evidentes en nuestro camino. Una de ellas fue el virus Covid-19 que lo paralizó todo cuando íbamos a arrancar. Otro fue la quiebra de nuestro proveedor más importante y todo lo que ello iba a suponer (rehacer prototipos y diseños y volver a pagar los estudios y certificados que necesitábamos que eran muuuy caros). Y por último, nuestro deseado embarazo, que me dejó 20 semanas sin apenas poder hacer nada a causa de una hiperémesis gravídica (vómitos persistentes que me incapacitaban).

Con todo esto, y con mucho dolor, vimos que el Señor nos indicaba que no debíamos seguir con ese proyecto. Y yo lo viví como un fracaso monumental, como algo que jamás contaría, que no pondría en mi currículum, como algo de lo que avergonzarme.

Y hoy, sin embargo, ‘harta’ del black friday, veo la necesidad de contarlo para que nos conozcáis un poco más, para que sepáis qué era el hype ese del ‘nuevo proyecto’ del que os hablé alguna vez hace tiempo, para mostrar nuestra admiración por todos los autónomos que cada día hacen un esfuerzo tremendo por levantar una persiana o para estar en la inmensidad del mundo online con su emprendimiento.

Y por si os habéis quedado con la curiosidad: Gracias a Dios, pese a todo, este proyecto no fue una catástrofe para la economía familiar, que podría haberlo sido, pero el Señor proveyó en todo momento. Y a nivel profesional esta experiencia me ayudó a ver que Dios iba a guiarme, que no me preocupara por el trabajo, y así fue. Me permitió un tiempo de poder cuidar de mi hija de forma exclusiva y después me regaló un trabajo que ‘no entraba en mis planes’, que jamás hubiera imaginado cuando estudiaba, pero al que voy feliz cada día, así que ¡Gloria a Dios!

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