El anillo que no se puede quitar

El otro día fui con las amigas de ella a desayunar y aprovechamos para repartir algunos tarjetones, pues el día B se acerca rápido. Y durante la conversación, una de sus amigas, ya casada, se quitó el anillo de boda para enseñárnoslo. Un anillo precioso. Y en ese momento nos dimos cuenta de algo anecdótico, pero que me hizo pensar luego sobre el tema: tenía la marca del anillo provocada por la falta de sol, así que en realidad “no se pudo quitar del todo el anillo”.

El amor es para siempre

El amor es para siempre

Y esto es un poco lo que pasa con el matrimonio: deja huella. No se puede romper realmente. Porque no está pensado por Dios para que se rompa. De hecho, la vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador (Catecismo 1603). Porque Dios que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano (Catecismo 1604). Y por eso también, cuando por nuestro pecado -las cosas que tuyo hacemos mal- la relación se rompe, es tan traumático. Al menos, los tristes casos que he conocido.

Efectivamente, todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura (Catecismo 1606). Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado (Catecismo 1607).

Por eso, pido a Dios que nos libre de todo pecado, y que reconstruya los matrimonios que tienen problemas. Pues para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado (Catecismo 1608). Pero para eso Dios cuenta con nuestra libertad, pues nadie que ama fuerza al otro a corresponderle, Dios tampoco. Y para que el hombre – y yo– pueda volver a vivir en el amor, debe primero conocer al Amor, fuente de todo amor. ¡Un Amor que nos ama!

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