Hacer del piso de estudiantes un hogar

Cuando empecé la carrera y volé del nido con 18 años me adentré en ese mundo misterioso de los 'pisos de estudiantes' que asustaba a mi abuela quizá por la visión de las películas americanas en las que solo montaban juergas y que le haría pensar que su nieta de buenas notas se iba a desmadrar. Sin embargo, en estos cerca de seis años peregrinando de piso en piso debo decir que no ha habido más fiesta que algún cumpleaños o un merecido final de exámenes.
¿Pero qué pinta en este blog una entrada ahora sobre pisos de estudiantes?
Sencillamente, porque también tratamos de explicar cómo vivimos la fe en nuestro día a día y a mí, la convivencia en mi piso de estudiantes (que casi es más de trabajadores), me ayuda a eso.

En total somos cuatro y cada una vive una realidad distinta en la Iglesia, lo cual es muy enriquecedor porque al menos en mi caso, acababa conociendo solo a gente de mis grupos, y conocer la riqueza que tiene la Iglesia es una gracia. La convivencia es muy buena, y es que cuando la caridad va por delante, todo va rodado. En tan solo unos meses tengo la sensación de conocerlas de toda la vida, compartimos nuestros proyectos para que luego venga el Jefe y nos los cambie, hablamos de cómo vivimos nuestros noviazgos, compartimos momentos de alegría, también de tristeza cuando vienen acontecimientos duros y, sobre todo, rezamos unas por otras.
Nos gustaría hacer más planes juntas, pero el hecho de que trabajemos, estudiemos y seamos 'activas' en la vida parroquial lo imposibilita un poco. Sin embargo, hemos instaurado el lunes como el día de reunión en la hora de la cena. Nos hemos propuesto que, al menos, cenemos juntas un día a la semana. De ese modo, contamos qué tal ha ido el fin de semana (cosa que nos encantaaaa) y nos 'organizamos' la semana que empieza. También hay diversidad cultural y ha hecho falta que venga una estudiante Erasmus -que duerme en la habitación de al lado- para que vuelva a tocar el clarinete ¡después de 6 años guardado en el maletín!. También nos enseña palabras en alemán y francés que va apuntando en la pizarra de la nevera (un regalo de él en reyes para que me organice mejor) y recetas extrañas de su tierra. Además, ellas han sido las que han vivido los primeros pasos del blog. El proyecto inicial, el desarrollo del logotipo, los temas a tratar... y son las primeras en darme su impresión tras cada entrada.
Es estupendo llegar al piso y saber que si tienes un problema te van a ayudar, que se preocupan por ti. Es una alegría los pequeños detalles que tenemos unas con otras de forma espontánea: un cartel de bienvenida, uno de ánimo en plena semana de exámenes con la merienda lista, uno que te ayuda a bendecir por el nuevo día mientras te lavas la cara, crepes de más para merendar... En definitiva, es un regalazo poder llegar al piso cansada después de todo el día y sentirte como en casa, aunque estés a cientos de kilómetros. Y doy gracias a Dios por ello. ¡Y por ellas!
