Hasta la raíz

Las discusiones llegan y, de hecho, deberían haber llegado antes del “Sí, quiero” porque son una faceta más de la relación que es importante conocer antes de comprometerse. Saber cómo actúo yo ante una discusión, cómo reacciona mi pareja y cómo se desarrolla ‘el conflicto’ es necesario. Porque los problemas llegan. Quizá durante el noviazgo los problemas son de temas superfluos, e incluso la preparación de la boda comporta algunas desavenencias sin importancia. Pero la vida no está exenta de sufrimiento y seguramente haya que afrontar problemas muy serios en el matrimonio, con los hijos, por temas económicos, familiares… Por eso, es un buen entrenamiento ir observando qué ocurre cuando surgen pequeñas dificultades, para estar bien preparados para cuando llegue el verdadero combate. En la entrada de hoy, que es muy personal, os cuento algo que nos pasó la semana pasada, cuando la primera discusión matrimonial llamó a nuestra puerta. Y le abrí.  

El perdón en el matrimonio

El perdón en el matrimonio

Habíamos tenido una semana complicada provocada por pocas horas de sueño y muchas en la carretera. Estábamos cansados y, cómo no, susceptibles. Teníamos ganas de que llegara el fin de semana para poder descansar, para silenciar las alarmas. Sin embargo, las tareas del hogar seguían ahí y esa noche teníamos invitados. 22 para ser exactos. Entonces, me invadió el espíritu de ‘don limpio’ y me obsesioné con limpiar toda la casa. Daba igual que no comiéramos o que nos retrasáramos en nuestros compromisos, la casa tenía que estar limpia a mi manera. En medio de esta tormenta, en la que nuestro enemigo, en un segundo plano, empezaba a frotarse las manos, bastó una tontería para desatar el enfado. Y entró en escena. Y llegó la discusión, y con ella las malas caras, mis reproches, el silencio y la tristeza. Y podríamos habernos quedado en ese estado mucho tiempo, quizá todo el día. Podríamos haber dejado que se hiciera más grande la bola de nieve, y, quizás, no haber ‘arreglado’ las cosas hasta la hora de acostarnos, porque dijimos que nada de irnos a dormir enfadados.

Si os airáis, no pequéis; no se ponga el sol mientras estéis airados, ni deis ocasión al diablo (Efesios 4, 26-27)

Podría haber continuado fregando, renegando, maldiciendo… pero algo me decía que no estaba bien. Que había olvidado las prioridades. Que el problema no venía por esa tontería, eso solo había sido el detonante. Y quise ir a la raíz y me topé de bruces con mis pecados. Esos que escondo tras máscaras porque me humillan, los que me muestran cómo soy realmente y me duelen. Y duelen a los demás. Y podría seguir tapándolos, pero necesitan -y necesito- respirar. Así que guardé bajo llave el orgullo, me olvidé de las tareas pendientes y me senté en el sofá junto a mi marido. Y le conté, aunque me humillara hacerlo, la realidad que me acababa de golpear aprovechando un momento de debilidad. Porque lo que no sale a la luz no se puede curar. Le conté cómo estaba mi corazón en ese momento, cuáles eran los pensamientos que me rondaban por la cabeza y los pecados que arrastraba y que fueron fraguando ese ambiente de enfado. Y me escuchó con atención, sin juzgarme, sin culparme ni hacerme sentir mal. Es más, me dio pautas para luchar contra esos pecados y contra la tristeza que generaban, y me mostró su apoyo con un abrazo, de esos que sanan. Ahora, gracias a este acontecimiento, nos conocemos un poco más, conocemos lo bueno y lo malo, nos queremos más y así, somos más fuertes.

 

Pero, para llegar ahí, ha sido necesario un ejercicio de reflexión, de no dejarse comer por los nervios. Y en eso estoy, aprendiendo poco a poco a manejar estas situaciones. Porque en el noviazgo a veces discutes y cada uno se va a su casa (que tampoco está bien), pero en el matrimonio convives con la otra persona, y si los problemas no se atajan a tiempo, la situación es insostenible y cada vez va a peor. La casa puede convertirse en un verdadero infierno.

Por eso, es necesaria la reflexión, el pararse y callar, porque, fruto del enfado inicial, se pueden decir cosas hirientes que no son verdad y de las que luego nos podemos arrepentir. Hay que bucear en nuestro interior y ver realmente cuál es el problema. Hacer silencio, rezar, pedir ayuda a nuestro Padre para que nos dé discernimiento y claridad. Y, una vez calmados, pedirse perdón mutuamente, sabiendo que pedir perdón no te humilla, no te convierte en un ‘perdedor’ sino todo lo contrario, y hablar de lo que ha ocurrido para buscar una solución juntos. Sin reproches. Sin ver al otro como a un enemigo, sino como el compañero que Dios ha puesto a nuestro lado para nuestra conversión y, como dice The Fishermen, para conquistar juntos la vida eterna. Así que… ¡A por ello!

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