No apagues el Espíritu

Desde que ha nacido nuestra hija, nuestra vida pasada nos parece muy, muy lejana. Sin embargo, el otro día me puse a recordar dónde conocí a mi marido y me di cuenta de algo muy interesante que hoy os quiero compartir.

Desde bien pequeña, mis veranos han estado marcados por las actividades parroquiales, tanto el campamento como la peregrinación. Me encantaba el verano y me recargaba las pilas, teniendo encuentros muy fuertes con el Señor que aún llevo grabados a fuego. Sin embargo, después de ese fogonazo tocaba volver cada uno a su realidad, en la que el Señor podía estar más o menos presente. Un año, después de una peregrinación y estando ya en la Universidad, se nos ocurrió a un grupo de jóvenes impulsar la pastoral universitaria en nuestra Diócesis, que era prácticamente inexistente. Queríamos poder reunirnos en este nuevo ambiente, rezar juntos, compartir experiencias, conocer otros jóvenes cristianos… 

Y lo que surgió de forma improvisada, con mucha ilusión y entusiasmo, fue cogiendo forma. Para empezar, nos reuniríamos una vez al mes en el Campus para rezar laudes y compartir la comida posterior. Llegados a este punto, nos planteamos la difusión. En esa época, las redes sociales estaban en auge, así que pensé que con eso y el boca a boca sería suficiente. Sin embargo, en el grupo se empeñaron en colgar carteles y yo no paré de poner pegas a esa idea: es un rollo, nadie los lee, me da pereza -y vergüenza- ir de facultad en facultad colocando carteles, es una pasta… Total, que creo que al final me escaqueé y me desentendí de los carteles. Pero menos mal que fueron más cabezotas que yo y al final hubo carteles. 

El primer día de encuentro nos quedamos súper sorprendidos por la gran cantidad de jóvenes que acudieron. Fue una pasada como, en medio del campus, unos 50 jóvenes, y algunos sacerdotes y monjas, rezaban laudes y tocaban la guitarra bajo la curiosa mirada del resto de universitarios. El grupo que empezamos esta idea nos hicimos una idea de cuántos jóvenes vendrían más o menos ¡pero la respuesta superó con creces nuestras expectativas! Además, acudieron jóvenes cristianos que no conocíamos de nada y que no sabíamos de dónde habían salido.

Como podréis suponer llegados a este punto, uno de estos jóvenes era mi marido 😉 Providencialmente uno de mis amigos se ve que colgó uno de esos famosos carteles en una zona que él transitaba (¡con lo enorme que esa Universidad!) y se acercó ese día a ver de qué iba la cosa.

Hasta hace poco no fui consciente de ello ¿Qué hubiera pasado si me hubieran hecho caso cuando dije que lo de los carteles era una tontería? Quizá mi marido no hubiera sabido de este grupo y no nos hubiéramos conocido. O nos hubiéramos conocido al final en otras circunstancias, no tengo ni idea… pero lo que sí sé es que, como dice San Pablo en la primera Epístola a los Tesalonicenses:

No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno.

En ese momento yo desprecié una cosa que era buena (los carteles) con argumentos muy egoístas: no tengo tiempo, me da pereza, no quiero gastar dinero en eso… ¡Y cuántas otras veces he hecho lo mismo, apagando así el Espíritu, rechazando cosas buenas para refugiarme en mi comodidad, en mi egoísmo, mi avaricia, mi pereza!

Así que hoy os invito a lo que nos dice San Pablo. Nunca sabemos por dónde va a soplar el Espíritu ¡no lo encerremos!

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