Tareas de mantenimiento

Unos días antes de empezar el confinamiento se nos fundió la luz del cuarto de baño y se nos rompió el grifo de la cocina.

Y aunque el Señor nos ha bendecido con muchos dones, el de ser ‘mañosos’, ‘manitas’, en cosas de casa no lo tenemos. Por no tener, no tenemos ni un triste destornillador en casa. 

Con la ‘excusa’ del confinamiento dijimos que eso no se podía solucionar y fuimos tirando como podíamos. En el caso de la luz del baño yendo con linterna y en el caso del grifo colocando una cuerda tensada estratégicamente para evitar que el grifo se moviera y lo pusiera todo perdido de agua.

Y pasó el confinamiento. Y ya nos habíamos ‘acostumbrado’ a la linterna y a la cuerda. Aunque realmente fuera fastidioso. No veíamos urgente comprar la bombilla que hacía falta y cambiarla ni llamar al fontanero.

Sin embargo, un día, dándole vueltas al tema del orden y demás, me planté y dije que había que poner remedio ya. Así que salimos de la comodidad de nuestro hogar, compramos la bombilla y el destornillador y llamamos al fontanero. Y lo arreglamos todo. Incluso una bombilla del pasillo que llevaba casi un año fundida.

Y puede parecer una tontería, pero ¡menudo cambio! Nos habíamos acostumbrado a hacer equilibrios en el baño sosteniendo la linterna y nos habíamos chopado más de una vez intentando fregar porque el grifo se había soltado. ¡Qué fácil es todo ahora! 

¿Y por qué os cuento todo esto?

Porque con nuestra vida pasa lo mismo. ¿Cuántas ‘cositas’ tenemos a las que les hace falta una revisión, un mantenimiento? Una mala actitud, un pecado, una cosa del pasado que nos pesa, un perdón o una conversación pendiente… Sin embargo, muchas veces nos ‘acostumbramos’ a vivir con ello. Hacemos algún apaño ‘provisional’ que acaba siendo permanente. Pensamos que así las cosas van bien porque ya no nos acordábamos de lo bien que iban antes y mientras, nos vamos desgastando poco a poco.

Este tiempo de confinamiento muchos han aprovechado para hacer cambios en su hogar que nunca podían hacer por falta de tiempo o para hacer una limpieza en profundidad. ¿Y tu cuerpo? ¿Y tú? ¿Cómo estás?

Yo creo que es un momento propicio para pararnos y hacer tareas de mantenimiento. Para ver cómo está nuestra alma y nuestro cuerpo ¡que también hay que cuidarlo! Que detectemos las chapuzas o los remiendos que nos hemos ido colocando para aplazar ‘reformas integrales’. Que sepamos ver qué cosas hay que desterrar y poder tirar ese tabique y empezar a construir algo nuevo, mucho más robusto. Que podamos hacer una lista con las cosas buenas que realmente nos hacen falta y que vamos posponiendo. 

Sé que las reformas son engorrosas, que molestan, que te sacan de tu comodidad, que exigen tener permisos en regla, que lo llenan todo de polvo, que pueden incluso sacar a relucir ‘daños estructurales’ que también hay que reparar y que la factura engorde… pero ¿y lo bien que queda todo después? Además, tenemos al mejor Jefe de obra, que es Dios. Recuerda:

Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles

(Salmo 127)

Por eso, os animo a hacer una apuesta fuerte, valiente. Una gran inversión en vosotros. Y, una vez acabemos el mantenimiento -o la reforma, si es necesaria-, plantearnos lo mismo en nuestro matrimonio, noviazgo, con los hijos, con los padres, con el trabajo…

Yo voy a empezar a redactar mi presupuesto.

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