¡Hay que celebrar!

Después de superar un diluvio y una pandemia, hoy por fin él me ha podido dar una sorpresa que llevaba más de medio año preparando. Y es que quería, para nuestro primer aniversario de casados, volver al lugar del banquete, rememorar ese día y volver a degustar el menú de nuestra boda (por más que intenté cenar ese día ¡no me dio tiempo!). Siempre me arrepentía de no haber podido casi cenar porque habían confeccionado un menú sin gluten a propósito para mí que me encantó el día de la prueba… así que él aprovechó esto para preparar al detalle esta sorpresa tan especial. No ha podido ser en el aniversario, pero ha sido hoy, cuando celebramos al primer matrimonio santo, Celia y Luis

De todos modos, para celebrar la vida, el amor… no hace falta una fecha marcada en el calendario ni gastarse un dineral.

Si os soy sincera, a mí las sorpresas, ser el centro de atención y demás, nunca me han gustado. Tampoco las celebraciones. Y miedo me da el día de mi cumpleaños. Pensaba que era un despilfarro de dinero, de comida, de mucho tiempo de preparación… y que no valían la pena.

Sin embargo, cuando descubres que la vida es un regalo, que no nos pertenece y que en cualquier momento puede acabar (al menos aquí en la tierra), se ven las celebraciones como algo más… trascendental, diría yo. Y para muestra un botón: yo no quise hacer una gran fiesta por mi 25 cumpleaños, sin embargo mis padres, mi hermana y mi entonces prometido, quisieron juntar a mis amigos e ir a comer a un restaurante sin que yo lo supiera. Al principio renegué porque no lo veía necesario, sin embargo, a los pocos meses vi que ese había sido el último cumpleaños con mi padre y guardo un precioso recuerdo de ese día y pienso… ¡ojalá hubiéramos celebrado más cosas!

Desde entonces, sobre todo, me encanta preparar con cariño cualquier tipo de celebración, abrir las puertas de mi hogar para celebrar. No hace falta que haya pasado algo súper relevante, simplemente podemos celebrar el fin de una ardua jornada de trabajo con una cena un poco más especial a la luz de unas velas. O una comida familiar convocada con antelación, cuidando que cada uno aporte algo, ayudando a poner la mesa con mimo, llevando un juego de mesa para jugar después… así algo aparentemente ordinario puede saber un poquito a Cielo.

Incluso un funeral, algo que a priori puede verse reñido con celebrar la vida, puede ser una celebración ¡el nacer a la Vida eterna! Hemos participado en numerosos funerales, y la diferencia entre vivirlo como muerte y fin de vida o vivirlo con el convencimiento de renacer a la Vida eterna es abismal, incluso puede ser como una verdadera fiesta que nos haga exclamar ¡yo quiero algo así cuando llegue el momento!

Así que hoy, con la alegría de esta sorpresa, os invito a vivir en clave de celebración. Celebradlo todo, lo insignificante y lo extraordinario. Con un picnic en un parque o con una cena de lujo. Con muchos, con pocos o en soledad. Celebrad la Vida en todos sus aspectos. Y celebrad con agradecimiento, sin olvidarse de invitar a Aquel que nos lo regala todo.

Celebrad al Amor con amor

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