Terapia

De pequeña tenía, como la mayoría de niños, miedos irracionales que, pensándolo ahora, me dan hasta un poco de risa. Sin embargo, tuve un miedo que superaba al resto. Y más que miedo, diría que pánico. Pánico a los ordenadores. Recuerdo perfectamente la ansiedad que sentía cuando mi padre encendía el Windows 95 para trabajar, con sus ruidos raros, mis gritos histéricos de ¡apágalo! mientras me escondía debajo de la mesa, su pantalla azul intenso con letras amarillas cuando algo no iba bien…

Recuerdo también -y estoy profundamente agradecida por ello- que mis padres tomaron la determinación de llevarme a una psicóloga para tratar de abordar este miedo, ya que eran conscientes de que probablemente, a largo plazo, tendría que usar los ordenadores en mis estudios o en mi trabajo y había que atajar ese miedo. ¡Y no se equivocaron! Y es que no he tenido ningún trabajo en el que haya podido prescindir de esta herramienta.

Además, -y esto es lo que más gracia me hace- es que seguramente, si hubiera seguido con este miedo, no me hubiera podido casar con mi marido ¡me hubiera vuelto loca! Y es que, mientras yo me escondía aterrada por el ordenador, él, unos años más mayor que yo, empezaba a hacer sus primeros pinitos programando cosas y desentrañando esas pantallas azules que tanto miedo me daban.

Quizás en esa época mis padres recibieron alguna crítica por llevarme al psicólogo, gente que pensaría que era una tontería de niños, que ya se me pasaría, que menudo gasto estúpido… sin embargo, creo que lo hicieron muy bien conmigo.

¿Y por qué os cuento todo esto? para poner sobre la mesa un tema que a veces es un poco tabú: el de recibir ayuda psicológica.

Y es que debería poder hablarse con naturalidad del hecho de ir al psicólogo. Como a quien le duele una muela y va al dentista o se hace un análisis de sangre periódicamente para ver ‘que todo está bien’. Sin embargo, cuando se trata de ir al psicólogo, la cosa cambia. Y os hablo desde mi experiencia de hace unos años. 

El dolor físico es fácil de detectar y a menudo, ante la primera señal de alarma, vamos al médico que corresponda para que no vaya a más y solucionarlo cuanto antes. Sin embargo, el dolor emocional es más difícil de detectar. No sabes lo que pasa, pero sabes que ‘algo no marcha bien’. Te paras a pensar en tu vida, en todo lo que tienes, y no ves motivos para estar mal. Sin embargo, llegas a casa después de todo el día y te da por llorar. Sientes que todo el día te acompaña un nubarrón gris. Y bueno, aparentemente todo está bien: tienes una familia que te quiere, un novio que se desvive por ti, un trabajo ‘de lo tuyo’, amistades, todo tipo de comodidades… pero la nube sigue ahí y cada vez es más grande, te pesa.

Hasta que un día te plantas, cansada de tanto día gris, reconoces que algo pasa y decides ponerle solución. Y ahí entra la duda ¿ir al psicólogo? ¿yo? y piensas que al psicólogo va gente con problemas mucho más graves, con trastornos que tienen su nombre y apellido y no tú, que estás mal ‘pero igual no tanto’ y achacas eso a las hormonas, al tiempo, a problemillas en el trabajo…

Recuerdo que cuando dije en mi entorno que pensaba que igual convenía acudir a un profesional, lo sentí como una humillación. Yo, que quería controlarlo todo, que había llevado muy bien los estudios y el trabajo, no era capaz de controlar lo que pasaba dentro de mí. Sin embargo, desde el primer momento tuve el total apoyo y comprensión de los míos. Y esto es crucial.

Aun así, desde que tomé esa decisión hasta el primer día que fui a la consulta, pasó mucho tiempo. Ponía mil excusas para retrasarlo porque sentía que en el momento que atravesara la puerta de la clínica, se haría patente que tenía un problema. Durante ese tiempo también me ‘excusé’ en mi Fe. Me decía que únicamente con oración y con la ayuda de Dios todo estaría bien, y pensar eso es como decir: tengo un tumor que hay que extirpar pero no pasaré por quirófano y solo con rezar es suficiente. ¡Por supuesto que la oración es fundamental y necesaria! Pero también el Señor da inteligencia y sabiduría a los profesionales que nos pueden tratar y es bueno acudir a ellos cuando sea necesario. Como dice el libro del Eclesiástico:

El Señor mismo creó la sabiduría, la vio, la midió y la derramó sobre todas sus obras. Se la concedió a todos los vivientes y se la regaló a quienes lo aman

Eclesiástico 1, 9s. Cita de la Sagrada Biblia (ed. 2014 online), versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.

Luego recurre al médico, pues también a él lo creó el Señor; que no se aparte de tu lado, pues lo necesitas: hay ocasiones en que la curación está en sus manos.

Eclesiástico 38, 12s. Cita de la Sagrada Biblia (ed. 2014 online), versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.

Llegados a este punto también quiero destacar que es vital elegir muy bien al especialista que te va a tratar. En mi caso, era muy importante contar con un profesional cristiano, que compartiera los mismos valores que yo para poder expresarme con mayor libertad y sentirme más comprendida. Además, es conveniente tener referencias, hablar con alguien que haya acudido como paciente y cerciorarse de que es realmente bueno y que te va a ayudar.

Cuando por fin crucé la puerta y empecé a trabajar con la psicóloga vi que lo que me pasaba tenía una explicación y que podía sentirme mucho  mejor con pequeñas pautas que me iba marcando y siendo constante con los ejercicios que mandaba. Además, no me sentía ‘rara’ por ir, sino que cada vez veía que me sentía mejor, con más ilusión por las cosas pequeñas del día a día y con mayor agradecimiento. Aprendí a reconocer y a cribar todos los pensamientos que me hacían daño y aún hoy pongo en práctica esas pautas cuando veo que el Sol se oculta un poco.

También recuerdo especialmente en ese tiempo una cena con unas amigas en las que les conté ‘a modo de confidencia’ que estaba yendo al psicólogo. Lo que más me sorprendió ¡es que no era la única! Y en vez de juzgarme me dieron todo su apoyo, me contaron su experiencia y me confirmaron que ‘va mucha más gente de la que nos imaginamos’.

Sin embargo, sigo teniendo la sensación de que es un tema que se intenta tapar y por eso me he decidido a escribir esta entrada más íntima, para dar visibilidad, por si alguna persona puede sentirse identificada y decide pedir ayuda. Sé que a simple vista no tiene mucha cabida en ninguna de las secciones de este blog, pero ese tiempo me ayudó muchísimo a relacionarme con los demás, especialmente con mi novio, que a los pocos meses se convirtió en mi prometido y que hoy es mi marido.

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