Desinstalarte

¿Cuántas veces hemos dicho ‘aquí estoy bien, que nadie me líe’? O hemos pensado ‘demasiado bien estoy, seguro que ahora viene algo -o alguien- y lo fastidia’. Os aseguro que yo constantemente. Como os contaba en una entrada anterior, somos insaciables, y yo llevo toda la vida haciendo de Dios, un Dios-lámpara de Aladín.

‘Cuando acabe la carrera seré feliz, cuando tenga novio, cuando tenga trabajo, cuando me quites este problemita…’

Y así, toda la vida, un sin vivir. Y sí, he visto que cuando he tenido algo por un momento he dicho ‘ya está, qué bien’ pero a la mínima algo me ha desestabilizado y me ha quitado la paz. Y la verdad es que vivir así es un sufrimiento.

Desinstalarte

Desinstalarte

Pero es que también he visto cómo Dios ha venido para ‘desinstalarnos’, y eso me recuerda al Evangelio de la Transfiguración1, cuando Jesús toma a Pedro, a Juan y a Santiago, los lleva a un monte alto y se transfigura ante ellos, y aparece glorioso y conversando con Elías y Moisés.  En ese momento, Pedro, impulsivo como es, exclama ¡Qué bien se está aquí! ¡Vamos a hacer tres tiendas! Vamos a quedarnos para siempre aquí, que se está muy bien. Pero no. Toca bajar a la realidad y la realidad es que, tras ese pasaje, Cristo les anuncia la Pasión. La cruz. ¿Qué fastidio, verdad? (podemos pensar). Pero es que sin pasión no hay cruz, ni muerte y, por tanto, no hay Resurrección, no hay una vida nueva. Y ¿qué es mejor? ¿la vida insaciable de ahora o una Vida eterna y gloriosa?

Pues bien, nosotros estamos en una época de ‘desinstalación’ en bastantes sentidos. Yo en sentido literal, porque ya justo cuando tenía la habitación del piso lista, bien decorada, cuando ya estaba instalada, por cosas de la vida me he tenido que trasladar a otra más pequeña, con una cama más pequeña, ha tocado cambiar sábanas, reordenarlo todo… (a más precariedad, más orden) y sí, fastidia al principio, no os voy a engañar. Pero a fin de cuentas, es solo una habitación y la verdad es que al final me está gustando más y todo. Pero además de esta desinstalación, el Señor nos ha regalado trabajo, sí, pero a él uno con una graaaan inestabilidad, lo cual no le permite asentarse en un sitio y tiene que ir tirando de cientos de kilómetros, de buscar alquileres de muy corta estancia, y al final es como que ya no sabes ni de dónde eres (ni yo sé cuándo podemos vernos).

Sin embargo también es cierto que somos peregrinos en este mundo, que no estamos hechos para acomodarnos (que sería estupendo), sino que se nos llama a salir, a vencer la pereza, en definitiva, a desinstalarnos, porque también escuchamos a menudo que el agua estancada al final se pudre ¡y nosotros no queremos eso! Aunque una estabilidad que dure más de un mes no estaría de más. Ahí lo dejo…


Nota 1 – Lucas 9, 28-36. Biblia de Jerusalén. Edición de 1998.

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