Campamento 2019

Aun con las maletas a medio deshacer y con un resfriado tremendo, he querido parar un momento para contaros cómo ha ido el campamento de este año, porque sé de primera mano que por aquí ronda alguien que está empeñado en que olvide todo lo bueno de estos días y caiga en la murmuración. Sobre todo a partir de mañana, que toca volver al trabajo…

¡Así que empecemos bendiciendo!

Porque este año he cumplido la mayoría de edad en este campamento (gracias al cual estoy en la Iglesia), es el tercero que paso junto a él y es el primero que hemos vivido como matrimonio ¡algo que he deseado desde hace mucho tiempo! Además, mi cuñado pequeño ha recibido la pañoleta del grupo y me ha encantado verlo tan feliz de nuevo este año en el campamento.

A lo largo de estos días, he podido experimentar mi debilidad, tanto física, como mental, como espiritual… ¡menos mal que quien lleva todo esto es Él! El problema es cuando esto se me olvida esto e intento que todo dependa de mí… y ahí la lío. Sin embargo, he tenido en todo momento a mi marido, que me ha ayudado a no perder el norte, y de nuevo, como el año pasado, me he enamorado más de él, de su servicio y entrega con los jóvenes a pesar del cansancio y de la tentación de pensar que no vale la pena y que todo cae en saco roto…

Además, hemos podido dar testimonio ante los jóvenes de cómo actúa Dios en nuestra vida y de paso, nosotros hemos hecho memoria, que es necesario cuando se mete la murmuración y el pensar que ‘nada está bien hecho’.

En mi caso particular, mi vida ha cambiado mucho con respecto al año anterior, y es que hace un año, mientras estábamos con los preparativos de la boda, nadie esperaba el fallecimiento de mi padre dos meses después o mi diagnóstico de la enfermedad celíaca. 

Quizá a los jóvenes les ha parecido que hemos dado mucha caña con el tema del sufrimiento, pero es que nuestra vida no está exenta de él ¡aunque quieran anestesiarnos y alienarnos! ¡y cuántas heridas arrastran los más jóvenes hoy en día!

Sin embargo, no nos hemos quedado ahí, sino que, siguiendo el itinerario catequético de este año, hemos visto que Dios ha hecho redención ¡y nos ha salvado! Esta es la buena noticia que hemos vivido y que hemos compartido con los niños y jóvenes que se nos han confiado este año. Que sí, que el sufrimiento está ahí, que cuando piensas que ‘nada puede ir mal’ te dan un mazazo que te tambalea ¡pero no caigas! el mismo Dios se ha encarnado, se ha hecho una criaturita indefensa, que necesita de nuestros cuidados, que se ha puesto en la cola de los pecadores -como tú y como yo- para hacerse como nosotros, que ha experimentado la tentación, que se ha entregado a nosotros, que ha cargado con nuestros pecados… ¡y que ha resucitado para que tengamos Vida y nos ha enviado el Espíritu Santo!

Así pues, a pesar de las dificultades que hemos tenido este año, de las ganas que he tenido de hacer las maletas e irme en más de una ocasión, y de lo complicado que es tratar con los jóvenes (cada vez más), tengo que bendecir al Señor por permitirnos un año más poder vivir este espíritu, gracias al cual me he encontré con Él hace 18 años. 

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