Conocí al Amor

Pues yo decía: Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente mi vigor he gastado. ¿De veras que Yahvé se ocupa de mi causa, y mi Dios de mi trabajo?

Isaías 49,9
Tanto en mi juventud, cuando escribí el siguiente testimonio que os traigo, como hoy, mi respuesta es: sí.

Testimonio de él, año 2014

Siempre he sido una persona un poco tímida, y en mi época de instituto eso me pasó factura: Aunque eran “bromas” inocentes, sin malicia, y seguramente sin intención de hacer daño, eran también recurrentes, y acabaron por hacérmelo. Y entre eso y otras situaciones, acabé cansado, triste, derrotado, y perdido. ¿Suicidio? No tenía valor, pero comprendo lo que se siente… querer desaparecer porque no eres nada para nadie, y querer dejar de sufrir porque nada tiene sentido… ¡Pero Dios se encontró conmigo! Y a través de la Iglesia Católica, me consoló, me dio ánimos, esperanza, alegría, y un camino. Me hizo comprender que «solo Dios basta» (Santa Teresa de Jesús). Y un tiempo después de haberlo comprendido, estando aún en el instituto, la situación se resolvió.

He experimentado la debilidad y limitación humanas, y Dios ha sido mi fuerza haciendo fácil lo que era imposible para mí. He dicho “sí” porque no podía decir “no”, y Dios me ha hecho libre. He visto partir a seres queridos, y Dios me ha dado la certeza de la vida eterna. He abandonado a mis amigos, y Dios me los ha devuelto. Me ha regalado un trabajo en plena crisis económica. Me ha advertido cuando no iba por buen camino. Cuando me he estrellado y he vuelto a Él, me ha perdonado y acogido. Cuando he dudado, me ha dado motivos para creer. Ha cumplido sus promesas, y sé que lo seguirá haciendo. Me ha amado cuando yo me despreciaba. Él es mi esperanza, y mi alegría cada día.

Con Dios caminas sobre las aguas que anegan tu vida

Y esto no significa que Dios vaya por ahí solucionando todos los problemas. De hecho, recientemente he salido de una relación de años de una forma bastante dolorosa. Pero Dios me ama, y siempre se ha servido de todo, incluso de mis propios errores, para hacerme bien. Y de esta situación de muerte y sinsentido, en la que el maligno me insistía diciendo que no tenía futuro, Dios también sacó vida: me regaló el poder experimentar profundamente su Amor, un Amor que sobrepasa todo cuanto he conocido, y todo cuanto yo mismo he sido capaz de amar. Me ha hecho más libre. Me ha demostrado una vez más que «solo Dios basta» (Santa Teresa de Jesús). Y me ha dado la certeza de que Él seguirá abriendo caminos donde no los hay. Por eso, si alguien me pregunta qué plan de vida tengo ahora, sólo hay una respuesta: hacer cada día su Voluntad. Que lo consiga o no es harina de otro costal, pero eso es lo que me muestra cada día más su Amor, pues… ¡Qué paciencia! ¡Qué misericordia! ¡Qué dulzura! ¡Cuántos bienes! ¡Qué gran Amor es este que después de todos mis errores, indolencias, y rebeldías aún permanece! Yo jamás he podido ni podré amar como Él me ama, si no es Él quien ama por mi.

Y con este Amor, uno puede, poco a poco, enfrentarse al sufrimiento. Porque Dios le da un sentido. Dios da sentido a la vida. ¡Nos hace sabernos amados! Y nos recuerda continuamente: «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación, os dará el modo de poderla resistir con éxito» (1 Corintios 10, 13). Y yo he comprobado que es cierto. ¡He conocido el Amor! Por eso, lo que escribo aquí es fruto de mi experiencia con Dios, pero siempre expuesto desde la sabiduría de la Iglesia, pues yo solo soy un joven rebelde y necio. Y lo que pasa de ahí, es obra de Dios.

Dos años después, como Dios mismo dijo, me concedió renovar mi vocación conociéndola a ella y empezando nuestro noviazgo.
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