Dar (la) vida

El Señor me ha concedido el don inmerecido de la maternidad. Y con ello, estoy experimentando en mis propias entrañas el «dar la vida». Algo que quizá he pronunciado en muchas ocasiones sin ser plenamente consciente de lo que es: seguir a Jesús a la Cruz por el bien del otro. Pero eso, muchas veces, lo he vivido como algo simbólico, como «un decir»

Pero esta reciente maternidad me está permitiendo vivir cada día dando la vida por el otro, en este caso, por la hija que se gesta en mi interior. Y sabía que la maternidad es dura, que las madres se pasan la vida sufriendo por sus hijos, que se desviven por ellos… También sabía de las ‘incomodidades’ del embarazo. De hecho, durante todo el tiempo en el cual los hijos no llegaban, me leí todas las webs médicas y me sabía de memoria todos los síntomas del embarazo para estar alerta a la mínima. Descubrí, además, que había mujeres que pasaban el embarazo sin apenas molestias, y de otras que lo pasaban fatal, llegando a requerir hospitalización incluso. 

Mencionar, sin caer en el victimismo -pues hay personas que lo pasan mucho peor- que estos meses están siendo duros: nunca antes me había sentido tan débil y limitada. Sabía de las ‘molestias’ del embarazo, pero nunca hubiera imaginado que pudieran ser tan incapacitantes. Mi cuerpo iba perdiendo fuerza para dársela toda a la hija que, milagrosamente, se iba gestando. Luchaba por poder comer algo y por retenerlo después, para poder nutrirnos y romper ayunos forzados que han durado días. La medicación también iba en aumento, mientras yo sentía que era en vano. Incluso he llegado a estar ingresada y enganchada a los goteros…

Así pues, en estos últimos meses he descubierto que el «dar la vida» es algo real. Y que la vida empezamos a darla, como madres, por nuestros hijos incluso desde antes de que estos «sean» (sé de muchas madres -y padres- que se sacrifican con infinidad de analíticas, medicación y pruebas, para ir encajando las piezas del puzzle y si Dios lo permite, engendrar vida). En mi caso ha sido sobre todo cada vez que venían los vómitos (durante varios meses fue prácticamente a todas horas) y sentía que se me iba la vida detrás. Pero en una de esas, caí en la cuenta: no se me iba la vida…

La estaba dando, como Cristo la dio por mí, por mi hija. Y desde entonces, le doy un nuevo sentido a este sufrimiento, lo ofrezco por aquellas personas que sufren más, y soy más consciente todavía del Amor de Cristo en la Cruz.

Además, esta experiencia de la maternidad, me está permitiendo vivir el Adviento de una forma totalmente renovada. En comunión con María en esta dulce espera, con alegría, con ilusión, con esperanza. ¡Nunca antes había ansiado tanto la venida del Niño Dios! Por eso, ante el Evangelio de hoy y tras haber experimentado un inicio de embarazo tan angustioso, no puedo más que admirar, más si cabe, a María, que se puso en camino para ponerse al servicio de su prima Isabel. ¡Cuánto tengo que aprender de Ella!

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.

Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

Lucas 1, 39-45 Extraído de la web Vatican News

¡Feliz y Santa Navidad!

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