El matrimonio cristiano: la cruz

Quizás vemos algunas parejas en las redes sociales que conocemos superficialmente, y que parece que tienen una relación ideal, sin ningún problema o dificultad. Y nos preguntamos qué hacemos mal nosotros que sí que tenemos problemas y discusiones. Sin embargo, las relaciones idílicas no existen, porque el pecado y la cruz existen. Y los llevamos siempre con nosotros a donde quiera que vayamos.

La cruz gloriosa

La cruz gloriosa

Nuestro pecado rompe el amor y las relaciones, haciéndonos sufrir y haciendo sufrir al otro. Y esto no es querido por Dios, que nos invita siempre a seguirlo a Él y a no pecar. Uno de los ejemplos más claros de esto es la infidelidad, que puede llegar a destruir un matrimonio. Por eso, huye del pecado como de la serpiente, porque, si te acercas, te morderá. Dientes de león son sus dientes, que quitan la vida a los hombres (Eclesiástico 21, 2)1. Sin embargo, con el arrepentimiento sincero, Dios nos da la oportunidad de volver al amor sacando un bien de un mal.

La cruz aparece para que maduremos en el amor, despojándolo de egoísmo y purificándolo. Es el caso, por ejemplo, de una enfermedad importante, que vivida como hizo Cristo une más al matrimonio, logrando incluso un amor que atraviesa la barrera de la muerte. De hecho, así ha sido el amor que Cristo nos tiene, el cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a si mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Filipenses 2, 6-8)2.

Así pues, las dificultades, que ciertamente existen, pueden aprovechar para hacer crecer la relación, pero sólo si Dios está en medio y es el primero. Él debe ser el criterio de todo para que ninguno imponga su criterio a costa del otro. Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio (Romanos 8, 28)3.


Nota 1 – Eclesiástico 21, 2. Biblia de Jerusalén. Edición de 1998.

Nota 2 – Filipenses 2, 6-8. Biblia de Jerusalén. Edición de 1998.

Nota 3 – Romanos 8, 28. Biblia de Jerusalén. Edición de 1998.

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