El matrimonio cristiano: para siempre

El amor tiende siempre a la unión, y en el matrimonio cristiano a una unión que es imagen y símbolo de la unión que Dios quiere tener con cada uno de nosotros. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre (Mateo 19, 6)1. Así pues, no hay segundas oportunidades. No hay un “rehacer mi vida” porque salió mal. No hay “he conocido a alguien mejor” o a alguien “que me gusta más”. No hay un “me he cansado” y voy a vivir por mi cuenta. Dios no ha pensado el matrimonio así: lo ha pensado para toda la vida.

El matrimonio es para siempre

El matrimonio es para siempre

Por eso el noviazgo es un tiempo importantísimo en el que se ha de ver si él o ella es la persona que Dios quiere que ame para siempre. Es un tiempo de ver si ese matrimonio cristiano es voluntad de Dios. Es tiempo de ver si ambos queremos poner a Dios como centro del mismo y al otro como prioridad en la vida. Es un tiempo de ver si esa persona me conviene, me respeta, comparte mis valores, etc. Y es un tiempo de ver si puedo, con la ayuda de Dios, amarla hoy, mañana y siempre. Pues el divorcio cristiano no existe: quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio (Marcos 10, 11b-12)2.

Pero en tal caso… ¿Qué son esas nulidades que la Iglesia da? La nulidad es una declaración que dice que dos personas nunca han estado casadas, porque en su día no se casaron bien. Y es que al ser esta una unión tan importante, tiene una serie de requisitos que deben cumplirse: casarte libremente sin que nadie te obligue, estar en tus facultades mentales, saber qué implica realizar un matrimonio cristiano y “casarse por la Iglesia”, saber con quién te estás casando, excluir con la voluntad alguno de los votos (como los hijos o la fidelidad) en el momento de casarte, y algunos otros requisitos más3.

Y llegados a este punto uno puede decir… uf qué complicado y qué estricto es todo. Y quizás pueda parecerlo así a simple vista, pero alguien que vive en el amor no ve nada de esto como una carga o una desgracia, sino como la alegría inmensa que es saberse amado por esa persona especial de forma única y sin fecha de caducidad. Y al amor sólo hay que responder con el mismo amor, que recordemos no es un sentimiento o una emoción, sino la firme decisión de “ser sólo para el otro” y buscar su bien por encima del propio. Y eso en los momentos buenos, pero también en los malos, secos, monótonos, etc. Y esto requiere siempre beber del Amor en mayúsculas: Dios. Si nos apartamos de Él y nos volvemos sobre nosotros mismos, todo esto se puede convertir fácilmente en una utopía.

Así pues, para terminar, os dejo el escrutinio matrimonial y el consentimiento propio de la Iglesia Católica, que lo dice todo. Un escrutinio y un consentimiento que espero pronunciar junto a ella en el futuro, si es la mujer que Dios quiere que ame para siempre.

Escrutinio4

  • ¿Venís a contraer Matrimonio sin ser coaccionados, libre y voluntariamente?
  • ¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente, siguiendo el modo de vida propio del Matrimonio, durante toda la vida?
  • ¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsablemente y amorosamente los hijos, y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?

Consentimiento4

  • Yo, fulano, te recibo a ti, mengana, como esposa y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.
  • Yo, mengana, te recibo a ti, fulano, como esposo y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.

¿No es precioso?


Nota 1 – Mateo 19, 6. Biblia de Jerusalén. Edición de 1998.

Nota 2 – Marcos 10, 11b-12. Biblia de Jerusalén. Edición de 1998.

Nota 3 – Canon 1055 – 1165. Codigo de Derecho Canónico. Libreria Editrice Vaticana.

Nota 4 – Ignacio Otaño. Emprender el camino del matrimonio. Volumen 45 de Colección Emaús. Centro De Pastoral Liturgic, 2001.

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