Amor sin gluten (parte II)

Las cosas que tiene la vida… Quién me iba a decir a mí que, un año después de escribir esta entrada, me iban a diagnosticar celiaquía.

Hoy escribo de nuevo, como hice en aquella primera entrada, para reivindicar el amor en los pequeños detalles de la vida, pero hoy lo hago en primera persona.

Y es que, para alguien a quien le cuesta desinstalarse, o que odia ir a cuestas con la gadgetomaleta, que le diagnostiquen celiaquía con más de un cuarto de siglo supone un reaprendizaje de todos los hábitos alimenticios. Y también un fastidio, no os voy a engañar.

Para los que no sepan qué es la celiaquía, os lo resumo: se trata de una enfermedad que hace que el cuerpo reaccione a un componente presente en varios tipos de cereal, el gluten, provocando así, por ejemplo, que no pueda absorber los nutrientes o causando lesiones en el intestino delgado. El remedio para evitar esto es una dieta estricta sin gluten, es decir, privándose de pan, galletas, pasta, cerveza, pizzas… “normales”, de todo lo que había comido hasta entonces, vaya.

Por suerte, cada vez hay más productos disponibles sin gluten en la mayoría de supermercados y la gente va siendo más consciente de lo que es la enfermedad celíaca, aunque queda mucho por hacer.

Pero, más allá de esto, que solo sirve para ponernos en contexto, hoy os quiero contar un poquito mi experiencia con este tema en estos primeros meses tras el diagnóstico. Y es que ha hecho que me sienta muy, muy querida y agradecida.

Querida…

El Amor todo lo soporta

El Amor todo lo soporta

  • porque todas las personas de mi alrededor se han volcado conmigo para que esté a gusto y pueda comer con total garantía.
  • porque son muchos los amigos que van por los supermercados fotografiando nuevos productos sin gluten y me los envían para que esté al día.
  • porque mi madre siempre tiene en casa algún caprichito ‘gluten free’ para recibirme, o para traerme a casa.
  • por la familia de mi marido porque a la ‘dificultad’ que supone cocinar para tantos en una familia numerosa, se le suma el control minucioso para que no haya contaminación cruzada en ningún plato para mí.
  • por mi marido porque es mi técnico de calidad alimentaria personal y no se le pasa ni un atisbo de contaminación.

Y agradecida en primer lugar por todas estas personas y en segundo, porque esta renuncia (pequeñísima) hace que me dé cuenta de lo afortunada que soy por tener todos los días un plato de comida delante (aunque sea gluten free) y porque, aunque esto sea una ‘enfermedad’ es una nimiedad comparada con sufrimientos y enfermedades muchísimo más duras. Además, no soy la primera celíaca en mi familia, así que en ese aspecto, mi familia aprueba con nota porque sabe cómo tiene que cocinar y nos facilita mucho el trabajo.

También me está ayudando a valorar cosas a las que antes no daba importancia, como salir a cenar por ahí un día cualquiera. Y es que, apenas hay restaurantes cerca de mí donde poder comer con garantías, así que el día que encontramos un restaurante adaptado para personas celíacas es toda una celebración y preparamos el día con ilusión. Mención aparte a nuestra luna de miel en Italia (que fue todo un acierto) ya que es el paraíso de los celíacos.

Además, veo como otras personas renuncian por mí a cosas que les gustan, el primero de ellos mi marido, que desde que nos casamos lleva casi una dieta estricta sin gluten ‘por mi culpa’. O las personas que invitamos a casa, a las que aviso de antemano que todo lo que se va a comer es sin gluten para evitar que entren en contacto con mi comida alimentos que no puedo consumir. También me ayuda a tomar conciencia y a ayudar a otras personas con otro tipo de intolerancias o alergias, así que todos los que vienen a comer a nuestra casa ¡pueden comer de todo! y eso implica hacer malabares en la cocina logrando recetas sin gluten, sin lactosa, sin frutos secos… pero vale absolutamente la pena cuando ves la cara del comensal al decirle que puede comer de toooodo ¡y si es la cara de un niño no tiene precio!

Es genial también ver cómo cuando hay alguna celebración en la que cada uno lleva de casa comida para compartir, la gente se preocupa, se informa y me pregunta qué y cómo puede cocinar para que yo pueda comer de todo. Y es que, aunque muchos saben ya lo que es la celiaquía, desconocen aspectos como la contaminación cruzada, que no se puede cocinar con los mismos utensilios alimentos con y sin gluten o que hay muchas cosas que, aunque a priori parece que no tengan gluten, sí lo tienen.

En definitiva, esta ‘mini cruz’ me está ayudando a ‘reinventarme en la cocina’, a explorar nuevos platos, a saberme querida por muchísimas personas. Y, quién sabe, igual es el altavoz que usa Dios para mostrarme que soy limitada, que no puedo con todo, y que tengo también que dejarme cuidar (que no está nada mal, oye). A pesar de ello, y sin duda, solo puedo bendecirlo por todas las cosas que estoy descubriendo ‘gracias a la celiaquía’ con tantas primaveras ya a cuestas ¡también aquí hace nuevas todas las cosas!

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